Cartas
Ana se detuvo en una casa que parecía colgar del borde del cañón: blanca, sostenida por grandes troncos de madera oscuros y retorcidos. En su interior había un café con dos telescopios que miraban hacia el fondo, entramos y nos dimos cuenta que justo al lado, había un lugar construido en piedra. Quería que fuera en el cementerio, pero no sabíamos dónde era.
—Creo que aquí no
tendrías problema. ¿tienes las cartas ahí,
cierto?
Nos sentamos en la única
mesa que estaba libre. Ana sacó una libreta de hojas blancas sin rayas y
comenzó a escribir. Cuando terminó, se levantó de la mesa.
— ¿Me esperas?
Debieron pasar al menos dos horas. Cuando regresó, me confesó que no había podido quemarlas todas. Seguro se detuvo en algunas para leer algunas. Tenía los ojos rojos e hinchados. Habían pasado 14 años desde que Andrés se había ido a Paris con María. Ana había escrito un sinnúmero de cartas desde ese día.
—Vámonos. Ya no hay nada más que hacer acá. Me dijo con la voz entrecortada. Le temblaban las manos. Caminamos hacia el parque. Vimos las luces amarillas de la catedral y las seguimos. En el parque nos tomamos unos tragos. Lloramos, nos reímos. Bailamos en la mitad de la plaza. Comenzó a llover y decidimos ir al hotel.
Ana sacó las últimas cartas que le quedaban en el morral y les echó lo que quedaba de la botella de ron encima. Me miró, sonrió. Caminamos unas dos cuadras en una dirección y recordé que el hotel quedaba en el otro sentido. Nos devolvimos y al llegar a la esquina vimos la capilla blanca que habíamos estado buscando. La que terminaba al final de la calle ancha del mirador.
— Y ya sabemos dónde queda
el cementerio —le dije sonriendo.
— ¡¿Sí?!… ¿Dónde?
— ¡No!
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