Entradas

Cartas

Ana se detuvo en una casa que parecía colgar del borde del cañón: blanca, sostenida por grandes troncos de madera oscuros y retorcidos. En su interior había un café con dos telescopios que miraban hacia el fondo, entramos y nos dimos cuenta que justo al lado, había un lugar construido en piedra. Quería que fuera en el cementerio, pero no sabíamos dónde era.   —Creo que aquí no tendrías problema. ¿tienes las cartas ahí, cierto? Nos sentamos en la única mesa que estaba libre. Ana sacó una libreta de hojas blancas sin rayas y comenzó a escribir. Cuando terminó, se levantó de la mesa. — ¿Me esperas? Debieron pasar al menos dos horas. Cuando regresó, me confesó que no había podido quemarlas todas. Seguro se detuvo en algunas para leer algunas. Tenía los ojos rojos e hinchados. Habían pasado 14 años desde que Andrés se había ido a Paris con María. Ana había escrito un sinnúmero de cartas desde ese día. —Vámonos. Ya no hay nada más que hacer acá.   Me dijo con la voz entrec...

Eso no se vende por docenas

“¡Eso no se vende por docenas!” “¿Cuánto necesita? ¡Cuánto¡ “Señora, el problema no es de plata. No le puedo vender una docena” “¡Usted no entiende, señorita. Necesito dos docenas! ¿Dónde está el dueño de este chuzo? Que venga. A él seguro si le interesará la plata. ¡Llámelo!” Pasaron unos minutos y entró un señor muy bien vestido al lugar. La joven del mostrador se le acercó y le señaló a la señora de las docenas. El señor la miró e hizo una mueca para saludarla. “¿Cómo se encuentra el día de hoy? ¿En qué puedo serle útil, señora?” “Mire señor, llevo un buen rato tratando de explicarle a la joven que necesito que me venda dos docenas, no me importa cuánto me cueste, necesito dos. Pero ella insiste en que no los vende por docenas.” “Señora, el problema no es la plata. El problema es que la ley no me lo permite” “Ay señor, por favor, no venga usted a hablarme de la ley. La ley no dice que no se puede. Además, usted puede hacer lo que se le dé la gana, es su negocio. Y es...